Tu plan de estudio para la Selectividad: método de 8 semanas
Un plan de estudio realista para la Selectividad en 8 semanas: diagnóstico, rotación de asignaturas, repaso activo y simulacros — sin descuidar el expediente.
En algún momento del curso, la Selectividad deja de ser una idea lejana y se convierte en una fecha. A partir de ahí la pregunta ya no es «¿cuánto he aprendido este año?», sino «¿cómo empleo las semanas que quedan?». Un plan de estudio no es una lámina decorada con rotuladores: es la decisión, puesta por escrito, de qué vas a repasar, cuántas veces y en qué orden antes del examen.
Este artículo describe un método en tres fases a lo largo de ocho semanas: el diagnóstico (semanas 1 y 2), el bloque central en rotación (semanas 3 a 6) y los simulacros (semanas 7 y 8). Ocho semanas son suficientes para pasar varias veces por cada asignatura y lo bastante pocas para mantener la tensión. ¿Tienes más tiempo? Alarga el bloque central. ¿Menos? Recorta primero en lo que ya dominas.
Antes de planificar: qué recompensa la Selectividad
Un buen plan copia la estructura del examen. La nota de acceso a la universidad sale de una media ponderada: el 60 % lo aporta tu expediente de Bachillerato y el 40 % la fase de acceso de la PAU, con un mínimo conjunto de 5 sobre 10. La fase de acceso son, como mínimo, cuatro ejercicios: Lengua Castellana y Literatura II, Historia de España o Historia de la Filosofía (según la que elijas), Lengua Extranjera II y la materia de modalidad de 2.º. Cada ejercicio dura en torno a 90 minutos y se califica de 0 a 10.
Esos números dictan las prioridades. Primero: el expediente manda — pero se gana en clase, durante el curso; en la recta final tu palanca es la prueba. Segundo: los cuatro ejercicios de acceso pesan lo mismo en la media de la prueba, así que el plan debe cubrirlos todos — la asignatura que llevas peor incluida. Tercero: si tu grado objetivo pide más nota, la fase de admisión (voluntaria) permite sumar hasta 4 puntos con las dos mejores materias ponderadas; esas materias entran en el plan como asignaturas de pleno derecho, nunca como sustitutas de las obligatorias.
- Activo antes que pasivo. Releer apuntes y ver vídeos produce sensación de progreso, no puntos. Un tema está sabido cuando puedes producir sin modelo: resolver un ejercicio, desarrollar un tema, explicar un concepto en voz alta.
- Espaciado antes que masivo. Tres sesiones de 45 minutos repartidas en la semana fijan más que un bloque único de tres horas. Olvidar un poco entre pasadas no es un fallo: es el mecanismo que hace duradero lo aprendido.
- Parecido al examen antes que cómodo. Cuanto más cerca esté la fecha, más deben parecerse tus sesiones al examen real: modelos oficiales, tiempo cerrado y solo los materiales permitidos en tu materia.
Y un requisito previo que condiciona todo lo demás: cuenta tus horas con honestidad. Entre clases, desplazamientos, los últimos exámenes del curso y las tardes en que no entra nada, la mayoría dispone de 15 a 25 horas reales de estudio a la semana — no de 40. Un plan construido sobre horas imaginarias solo produce una cosa: culpa.
Semanas 1-2: el diagnóstico y la lista de temas
No se planifica en el vacío: la primera tarea es saber exactamente qué hay que repasar. La buena noticia es que todo es público. El currículo oficial está en el BOE y en el portal del ministerio, tu comunidad publica los modelos de examen y los criterios de corrección de cada materia, y tus apuntes del curso son la versión encarnada de ese temario. Para cada ejercicio de tu fase de acceso — y para cada materia de admisión que vayas a presentar —, escribe la lista completa de temas.
- Haz la lista de temas por asignatura: el temario oficial a un lado, el índice de tus apuntes al otro.
- Evalúa cada tema en tres niveles: sólido, frágil, por reaprender. No al tacto — con prueba: un ejercicio sin ayuda o cinco minutos de explicación en voz alta.
- Pondera: ¿qué cae casi seguro según los modelos de tu comunidad? ¿Qué pesa más en la calificación? Un tema central frágil va antes que tres periféricos.
- Reparte los temas por las semanas 3 a 6, programando para cada uno al menos una segunda pasada una o dos semanas después de la primera.
Aprovecha estas dos semanas para reunir el material en un solo sitio: apuntes, esquemas y los modelos oficiales de tu comunidad. Y empieza ya con los cimientos — los temas de los que depende todo lo demás — mientras construyes el calendario: estas dos semanas producen un diagnóstico y un plan, no unas vacaciones.
Semanas 3-6: el bloque central, en rotación
El principio: dos o tres bloques de trabajo al día, de 60 a 90 minutos cada uno, cada bloque dedicado a una asignatura distinta, y una rotación que haga volver cada ejercicio varias veces por semana. La rotación no es un detalle organizativo: es la que impone el espaciado entre pasadas — la condición para que lo aprendido aguante hasta la convocatoria — y la que impide que una asignatura angustiosa se coma la semana.
Dentro de cada bloque, tres tiempos. Primero, reactivar de memoria lo visto en la pasada anterior — sin releer. Después, trabajar activamente el tema del día: ejercicios corregidos en las materias de cálculo, esquemas y desarrollos de tema en las de redacción, textos y producción escrita en los idiomas, explicación en voz alta para los conceptos. Y al final, cinco minutos para el cuaderno de errores: qué ha fallado y de qué tipo de error se trataba.
Ese cuaderno de errores se convierte pronto en tu documento más valioso. No colecciona soluciones: colecciona patrones — una fórmula mal aplicada, un concepto confundido con su vecino, un desarrollo sin tesis, un enunciado leído a medias. La sesión del viernes no repasa «el temario»: repasa tus errores de la semana. Es la hora más rentable de todo el plan.
Las técnicas activas que cumplen lo que prometen
- Ejercicios en autocorrección: resolver primero, corregir después, clasificar el error al final. El régimen de base para Matemáticas, Física o Química — nunca con la solución a la vista mientras «practicas».
- La página en blanco: sobre un tema dado, escribe de memoria todo lo que sepas y compáralo después con tus apuntes. Los huecos se convierten en tu lista de trabajo para la siguiente pasada. Temible — y muy eficaz — en Historia de España y en Filosofía.
- Fichas espaciadas: fechas, definiciones, fórmulas, autores y obras — lo que ya sabes pasa al fondo del montón y vuelve dentro de unos días; lo que dudas vuelve mañana. El espaciado se gestiona solo.
- La explicación en voz alta: hazte una pregunta de examen y respóndela en frases completas, como ante un tribunal. Lo que no consigues explicar, todavía no lo sabes — esta técnica lo revela antes que ninguna otra.
Los idiomas y la redacción se entrenan en el formato del examen
El ejercicio de Lengua Extranjera II se redacta y se responde íntegramente en el idioma, a partir de un texto, y culmina en una redacción; el de Lengua Castellana y Literatura II parte de un texto y combina comprensión, reflexión sobre la lengua y educación literaria. Ninguna de las dos cosas se improvisa: escribe cada semana al menos un texto del formato de tu comunidad — con el reloj puesto — y trabaja el análisis sintáctico y el comentario como gestos técnicos que se repiten, no como inspiración. La ortografía y la expresión pueden penalizar en la corrección: revisarlas es parte del entrenamiento, no un lujo.
Semanas 7-8: simulacros y últimos ajustes
Las dos últimas semanas invierten la proporción: menos aprendizaje nuevo, más simulación. Para cada ejercicio de tu fase de acceso, al menos un modelo completo en condiciones reales — 90 minutos cerrados, solo los materiales permitidos, sin móvil. Si puedes, encadena dos ejercicios en una misma mañana con una pausa corta: la Selectividad son varias pruebas seguidas en pocos días, y esa resistencia también se entrena.
Observa sobre todo tu gestión del tiempo — la única competencia que solo se entrena en condiciones reales. Anota dónde te faltó tiempo, en qué orden atacaste las cuestiones y qué harías distinto. Y la última semana, nada nuevo: un tema descubierto a cuatro días del examen aporta poco y cuesta mucha serenidad. Toca cuaderno de errores, esquemas, fórmulas y dormir. Un cerebro descansado rinde más con el 80 % del temario que uno agotado con el 100 %.
Cuando el plan se rompe
Se romperá — un examen imprevisto del instituto, una gripe, un día en que no entra nada. No es un fallo de planificación: es el caso normal, y se absorbe con dos herramientas. Deja cada semana media jornada sin asignar, que recoja los arrastres. Y dedica un cuarto de hora cada domingo a tres preguntas: ¿qué se quedó sin hacer esta semana?, ¿qué merece adelantarse?, ¿qué abandonamos sin remordimientos?
Para decidir, una regla simple: se sacrifica primero el perfeccionamiento de lo sólido, después lo periférico de poco peso — nunca las repeticiones de tus puntos débiles ni los simulacros. Al final, un plan de ocho semanas no es más que una serie de pequeñas decisiones honestas: qué está frágil, qué pesa más, qué toca hoy. No necesitas ejecutarlo perfecto — necesitas sostenerlo. Cada semana repasada con plan hace el examen un poco más previsible, y eso es exactamente lo que se le pide a una preparación.
Preguntas frecuentes
¿Bastan ocho semanas para preparar la Selectividad?
Ocho semanas son un marco realista para un repaso estructurado — si has seguido el curso en clase. No sustituyen un año perdido. Recuerda además que la nota de acceso combina el 60 % del expediente de Bachillerato con el 40 % de la prueba: una parte importante de tu resultado ya se ha construido en clase. El plan de la recta final optimiza la prueba; el expediente se gana durante el curso.
¿Cuántas horas al día debería estudiar?
Rara vez más de cuatro o cinco horas de verdadera concentración — y es normal. Dos o tres bloques de 60 a 90 minutos con pausas reales rinden más que una maratón de diez horas que se disuelve en pantallas y relectura pasiva. Reserva al menos un día a la semana sin estudio: la recuperación forma parte del método, no es un premio.
¿Cómo reparto las asignaturas durante la semana?
Mejor rotación que monocultivo: dos o tres asignaturas al día, en bloques separados, de modo que cada ejercicio de la fase de acceso vuelva varias veces por semana con espacio entre pasadas. Ese espaciado es lo que fija el conocimiento en la memoria — un bloque masivo de un solo día se olvida mucho más rápido. Y una asignatura que te angustia no puede devorar la semana entera.
¿Debo preparar también las materias de la fase de admisión?
Depende de tu grado objetivo. La fase de admisión es voluntaria: permite sumar hasta 4 puntos con las dos mejores materias ponderadas (parámetros de 0,1 o 0,2, fijados por cada universidad, y la materia solo computa si sacas al menos un 5). Si tu grado exige más nota de la que da la fase de acceso, esas materias merecen bloques propios en el plan — pero nunca a costa de los cuatro ejercicios obligatorios.
¿Y si mi media de Bachillerato no es buena?
La media del expediente aporta el 60 % de la nota de acceso y se construye durante el curso — en la recta final ya no se mueve mucho. Lo que sí está en tu mano: maximizar el 40 % de la prueba con un repaso bien dirigido y, si tu grado lo pide, usar la fase de admisión para subir la nota de admisión hasta 14 puntos. Concéntrate en lo que aún puedes cambiar.
¿Qué hago si me retraso con el plan?
No intentes recuperar: reprioriza. Elimina primero el perfeccionamiento de los temas que ya dominas, luego los temas periféricos de poco peso — nunca las repeticiones de tus puntos débiles ni los simulacros. Un plan ajustado tras una mala semana no es un plan fracasado: para eso existen los márgenes. Y no tomes las horas del sueño: cuestan más de lo que rinden.
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